La inflación, el timo del tocomocho

Estamos a finales de año, dentro de poco tocan las revisiones de sueldo, muchas (la mía entre ellas) pactada en convenio con un porcentaje igual a la inflación.

Después de un año con la inflación (el aumento oficial de los precios) disparado, milagrosamente ahora los precios se contienen como por arte de magia.

Voy a contar una anécdota (es un poco larga, aviso) que implica en si misma una sospecha (o una certeza).

Yo antes trabajaba en una multinacional extranjera extendida por veintipico países.

La dirección «local» negociaba con la madre un objetivo de plusvalía anual, digamos 12 millones de euros para todo el año.

Entonces, según ese objetivo se fijaban objetivos individuales. Hay que decir que para la gente que cobraba menos en la empresa (menos de mil euros la mayoría) el variable podía llegar a ser un tercio del salario.

En principio la retribución variable parecía en cierta manera «igualitaria», ya que el objetivo de plusvalía era general, y si se alcanzaba cobrábamos todos (no lo mismo, claro), y si no, ninguno.

Esto daba pie para ampulosos discursos del tipo de «estamos todos en el mismo barco», «tenemos que remar juntos» y todas esas metáforas tan manidas (y tan marinas) de libro de motivación de subalternos que todos estamos aburridos de escuchar.

Pero, claro, la cosa tenía truco. Los directivos (managers) tenían los objetivos anuales mientras que el resto los teníamos mensuales.

¿Qué quiere decir esto? que en la práctica, mi variable dependía de que la empresa embolsara a sus dueños un millón de euros al mes; en enero, agosto o diciembre.

Habitualmente no cobrábamos variable salvo sorpresa hasta septiembre ¿por qué?

Pues por varias razones. En primer lugar que lo largo de año se hacían nuevos clientes, se sacaban nuevos productos o se mejoraban los procesos, por lo que en enero el resultado solía ser un tercio que en diciembre.

En segundo lugar, para tener contenta a la madre nodriza, los jefes locales debían mostrarles siempre una gráfica ascendente del plusproducto, sin oscilaciones bruscas. Así que si un mes de los primeros del año era excepcionalmente bueno (o simplemente bueno) por cualquier razón, para evitar el descenso al mes siguiente se retrasaban los cobros o cualquier truco para que la gráfica quedase bonita.

Por si fuera poco, a partir de mediados de octubre, la dirección desplegaba toda la creatividad contable y financiera que fuese necesaria para salvar los (sus) objetivos anuales, y por tanto sus beneficios, por lo que los tres últimos meses del año solían ser buenísimos y salvarlo, si fuere necesario apuntado el 31 diciembre previsiones de enero o incluso de febrero.

El resultado era que mientras trabajé allí los directivos siempre cobraron sus objetivos anuales completos, y los trabajadores cobramos entre 4 y 8 meses.

El timo del tocomocho, vamos.

Pues ahora, tengo una sensación de deja-vu muy fastidiosa.

Los salarios suben lo que suba la inflación, eso ya nos lo han colado.

Pero los precios suben más que la inflación, eso lo sabemos todos y no merece la pena ni discutirlo. El gobierno se encarga de meter y sacar lo que le interesa de la cesta y de ir a comprar al único mercado de España donde ha bajado el pollo para apuntarlo como tendencia.

Aún así, si un año la inflación sube demasiado, milagrosamente, comienza a bajar a fin de año, cuando toca soltar la pasta a los trabajadores, que llevamos todo el año sufriendo la carestía de la vida y ahora ni siquiera nos vamos a llevar una subidilla simbólica.

No puedo evitar acordarme de los jefes de mi ex-empresa haciendo sus chanchullos contables (legales, eso sí) para apañar el resultado y pagarnos menos a los curritos.

El complejo gobierno-empresarios se lleva el gato al agua otra vez, y nosotros a pagar la crisis, igual que antes pagábamos la «bonanza»

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