Los (duros) límites de la movilización reactiva

Nadie duda que actualmente vivimos una ciclo alcista en cuanto a movilizaciones sociopolíticas. Ya es un tópico reírse de las manifestaciones, sentadas, desahucios, huelgas, performances, asambleas, pegadas de carteles, escraches, repartos de panfletos y/o charlas informativas a las que estamos convocados en una sólo semana o incluso en un sólo día.

Haría falta clonarse, despedirse del trabajo (el que tenga la suerte de tenerlo) y renunciar a la familia y amigos para poder asistir a todo; y aun así no haríamos otra cosa.

Pero los que somos veteranos en manifestarnos, los que estamos acostumbrados a ir a una mani y conocer de vista (o por el nombre) a todo el mundo también coincidimos en que, aparte de más número de convocatorias, va más gente a dichas convocatorias.

Lo dicho: un ciclo alcista de movilización que no se conocía, como mínimo, desde la invasión de Iraq.

Esto ha provocado dos cosas: primero que muchos caigan en una especie de onanismo movilizatorio, dónde parece que prima el número de convocatorias sobre la organización racional de estas.

Y la segunda, que haya tendencia a sacar conclusiones precipitadas… pero como diría el Señor Lobo «no empecemos a chuparnos las pollas todavía».

Muchos hemos alucinado al ver movilizados, junto al típico «manifestante de toda la vida», con un perfil muy concretito, a colectivos que jamás habían pisado la calle: médicos o funcionarios de escala alta por poner dos ejemplos… y claro, la tentación de visualizar los pies de barro de apoyo popular del régimen agrietándose y a este gigante cayendo cual estatua de Sadam cualquiera… como decíamos el otro día el bipartidismo puede que esté en tocado, pero el régimen aún es muy muy fuerte.

Hay que tener en cuenta que una parte (no sabría decir cuánto) de este impulso movilizador es reactivo; esto es, que responde a un estímulo concreto (o muy concreto, o muy muy muy muy concreto) y tenderá a cesar cuando el estímulo pase o se somatice.

Esto no es nuevo, todos hemos vivido grandes movilizaciones estudiantiles que se evaporaban cuando llegaban los exámenes o cuando había pasado una semana de haber pagado la matrícula; y todo joven varón era antimilitarista mientras tenía en el horizonte el servicio militar obligatorio, pero extinguida «la mili» la siguiente fase de lucha del movimiento antimilitarista de «insumisión en los cuarteles» o «insumisión fiscal» no tuvieron la misma fuerza.

Ahora estamos viviendo algo parecido y verlo, leer bien el momento, es fundamental para que cuando pase la marejada no se lleve el bañador y nos deje solos y en pelotas en la playa.

Habrá quien diga que las contradicciones del capitalismo en su actual crisis estructural harán imposible que no se vaya atacando a más y más capas sociales y con intensidad creciente, y que por tanto la movilización reactiva no sólo no decaerá en el futuro si no que se mantendrá y se extenderá. Yo creo que esto es confundir los propios deseos con la realidad: aun suponiendo que el régimen no se las vaya apañando para dar respiros (aunque sean coyunturales y rotatorios) a las capas que va atacando, una movilización reactiva no se puede sostener en el tiempo.

Vuelvo al ejemplo de «caída del régimen vs. caída del bipartidismo».  Es cierto que capas cada vez más amplias de la población abominan y abjuran del PPSOE, y que por tanto el bipartidismo esta en mínimos históricos. Muchos de esos votantes va a opciones alternativas como Izquierda Unida, pero una parte mucho mayor va bien a la abstención bien a opciones de dentro del sistema aunque de fuera del bipartidismo, particularmente UPyD.

En el tema de las movilizaciones pasa algo similar. Había un anuncio que decía que «la potencia sin control no sirve de nada». Yo, parafraseando, digo que la movilización sin conciencia no se sostiene. Si no se inocula conciencia en las personas que se movilizan, haciéndoles ver que «lo suyo» no es un problema aislado ni coyuntural sino parte de un todo y que no se puede solucionar más que arreglando todo cualquier día el espejismo se esfumará, y puede que de forma violenta.

Y lo he vivido en directo la última semana:

Resulta que la Comunidad de Madrid ha mandado un caramelito envenenado, un regalo de esos que hacen tic tac, a los colegios, que ahora pueden elegir si tener la jornada partida o continua.

¿Porque podemos elegir esto y no otras cosas? Fácil: porque es una estrategia más para ir expulsando, por las buenas o por las malas, de la educación pública a quien se pueda costear la privada con el horizonte de liquidarla. [No me voy a extender en los argumentos, no es el objeto de este post, quien quiera que vea lo que opina la FAPA Ginés de los Ríos, por ejemplo]

Y además, en este caso, dividir a la comunidad educativa, convertida en marea verde, que, hasta ahora, luchaba unida contra los recortes.

¿Qué ha pasado en muchos colegios, incluido el mío, con este tema? Que ante un horizonte de mejora laboral, aunque vaya en detrimento de la escuela pública, los profesores se han quitado (metafóricamente) la camiseta verde y se han bajado (literalmente) los pantalones ante Lucía Figar, consejera de educación de la Comunidad de Madrid.

¿Todos? No, en mi colegio el 22.2% de los profesores se han resistido, pero si pensamos en que las huelgas de profesores las hacían el 80% o más del profesorado podemos deducir con facilidad que en esas protestas había cerca de un 75% de huelguistas reactivos frente a un 25% de huelguistas concienciados.

Y ahí está el reto y la gran tarea. Movilizar, sí, pero concienciar, tener movilización «de calidad», para que la movilización pueda sobrevivir a medio plazo y pueda llevar a algo.

Es como el lema de la pasada X asamblea federal de IU: «Transformar la rebeldía en alternativa y la alternativa en poder». Sabemos que tenemos que crear esta conciencia, lo que no sé es si lo tenemos interiorizado aparte de saberlo… o si sabemos cómo se hace tal cosa.

Yo reconozco que no. Al final esto es como matrix, y si aunque se la ofrezcas la gente no quiere tomar la pastilla roja, no les puedes obligar.

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